El sector turístico de gran capital se encuentra ante una limitación muy difícil de soslayar: el combusible. Es un elemento esencial para mantener el motor del turismo internacional. Esos aviones, que son la principal causa del efecto invernadero (pero que curiosamente no entraron en los acuerdos de Kyoto sobre reducción de emisiones, demostrando la gran capacidad de lobby del capital transnacional del sector), van a tener cada vez más problemas para alzar el vuelo. La fuerte subida del crudo en los últimos años no ha sido una hábil estrategia financiera de la OPEP; en realidad está evidenciando una tensión cada vez más agónica entre un consumo disparado de este producto (especialmente con el crecimiento económico de China) y unas reservas con fecha de caducidad.
¿La solución?. Los biocombustibles, como no. Airbus, la compañía aereonáutica europea que diseñó un avión-monstruo por la que estuvo a punto de sucumbir, es la promotora. Si tienen éxito, el nuevo producto podría sustituir hasta en un 30% el combustible fósil.
Noticia de titular estos días es el fuerte incremento de los precios de los productos agrícolas básicos en todo el mundo, y que está incrementando rápidamente los niveles de pobreza de la población ya más empobrecida. Al sonido de la palabra biocombustible, las principales bolsas mundiales empezaron a especular con estos productos, que han alcanzado precios exorbitados. Esta noticia aumentará los ánimos de los inversionistas. Nos congratulamos que el padecimiento de millones de personas permita, al menos, regresar a csa con la alegría y el orgullo del deber cumplido a un puñado de brokers. Sin duda, la Organización Mundial del Turismo se debe referir a esta segunda consecuencia del fenómeno cuando afirma “El turismo es riqueza”.
A continuación reproducimos dos artículos que, aunque parecen tratar de temas diferentes, están estrechamente relacionados. El primero, publicado en el diario económico Cinco Días, da noticia de la nueva línea de trabajo de la empresa Airbus. El segundo, publicado en La Jornada, explica las consecuencias del boom de los biocombutibles.
Cinco Días. 15/5/2008
El constructor aeronáutico europeo se ha asociado con varias compañías de cara a desarrollar biocombustibles sostenibles de segunda generación a partir de biomasa para su uso en aviones comerciales. Su objetivo es ayudar a todo el sector aeronáutico a continuar su crecimiento con el menor impacto posible sobre el medio ambiente.
La filial de EADS ha firmado un acuerdo con Honeywell Aerospace, UOP -empresa de Honeywell-, International Aero Engines y JetBlue Airways para desarrollar combustibles alternativos que permitan reducir las emisiones de dióxido de carbono. Estos combustibles a partir de biomasa, de cosechas no alimentarias, tienen un mejor ciclo de vida respecto a las emisiones que el queroseno actual.
“La actividad conjunta de las compañías ayudará a desarrollar tecnología de energías renovables para convertir aceites procedentes de vegetación y algas en combustibles para la aviación y evaluar los retos para obtener la aprobación de este combustible por parte de las organizaciones de normalización”, explicó Airbus en un comunicado.
JetBlue, IAE, Honeywell y Airbus están examinando los beneficios de combustibles de aviación obtenidos a partir de fuentes renovables de biomasa que no compiten con la producción actual de comida o los recursos de tierra o agua.
Este combustible, denominado 'bio-jet de segunda generación', será producido utilizando tecnología desarrollada por UOP de Honeywell. Esta compañía ha desarrollado un proceso para convertir material biológico en combustible renovable para reactores que se comporta de forma idéntica a los combustibles tradicionales, a la vez que cumple con las exigentes especificaciones de comportamiento para su utilización en vuelo.
“Durante los pasados 40 años, la aviación ha reducido el consumo de combustible -y por lo tanto las emisiones de dióxido de carbono- en un 70%, pero necesitamos hacer más”, declaró el responsable de Programas de Investigación sobre Combustibles Alternativos en Airbus, Sebastien Remy.
El constructor aeronáutico cree que el bio-jet de segunda generación podría cubrir hasta el 30% de todo el combustible para reactores en aviación para el año 2030. Las ventajas medioambientales de este combustible “son amplias”, según indica Airbus. Entre ellas, destaca una reducción de emisiones y partículas, de la huella de carbono, una mejor limpieza del motor, la reducción de la formación de estela de condensación y beneficios generales a lo largo del ciclo de vida.
Matilde Perez U., Laura Poy Solano, Angelica Enciso. La Jornada. 7/2/2007
Una nueva colonización se cierne sobre Latinoamérica al expanderse los monocultivos transgénicos de cereales, oleaginosas y especies forestales destinados a producir biocombustibles, "vendidos" por los gobiernos de los países desarrollados y las trasnacionales a los ciudadanos como una excelente oportunidad para el desarrollo rural y la respuesta a la amenaza del cambio climático generado por la concentración en la atmósfera de los gases de efecto invernadero.
Su visión no alude a la soberanía alimentaria y menos al desplazamiento de los pequeños y medianos campesinos de sus tierras, como consecuencia de esa tecnología que ahora eleva a categoría de "oro verde o amarillo" a los que hace pocos años eran considerados sólo cultivos importantes.
En su discurso, los gobiernos de los países más ricos ocultan su pretensión de mantener a las naciones pobres únicamente como productoras de materias primas que alimentarán sus plantas de biocombustibles, y convencen a las autoridades para que destinen grandes extensiones de tierra, sin importar si es ganadera o forestal, a la siembra de soya, maíz, caña de azúcar, girasol, palma aceitera, álamo, eucalipto, aunque ello implique perder la capacidad de producir alimentos, advirtió Alberto Gómez Flores, delegado para América del Norte de la organización internacional Vía Campesina.
Preocupación de campesinos en AL
A pocas semanas del inicio del Foro Mundial de Soberanía Alimentaria en Malí, Africa, Gómez Flores habló de la preocupación que hay entre los campesinos mexicanos y de otras naciones latinoamericanas porque en este auge de los biocombustibles los gobiernos no anteponen el derecho de los pueblos a definir su política agraria y alimentaria, sin dumping frente a otros países.
"Esto nos está llevando inevitablemente al choque del modelo de la industria de los transgénicos, promovida por las grandes corporaciones, con el de los campesinos que defienden su cultura, su tierra, su actividad, quienes siguen alimentando a la humanidad pese a políticas y condiciones adversas. Desde 1996, esas corporaciones, como Monsanto y Cargill, se han comprometido a abatir el hambre en el mundo, y paradójicamente, según datos de la FAO, en ese año había 800 millones de personas sin alimentos suficientes y en 2006 la cifra se elevó a 860 millones", comentó.
En lo que se avizora como una batalla por los granos tradicionales, la tierra y el agua, Gómez Flores asentó que los campesinos seguirán resistiendo. "Aun con la aplicación implacable de la política neoliberal y excluyente no nos han vencido. Los campesinos, con nuestras semillas, asumiremos el papel de defender esa soberanía frente a las trasnacionales productoras de transgénicos, que buscan sólo ganancias y no les importa si dejan destrucción ambiental, pobreza y hambre".
En el caso de México, dijo, los campesinos no aceptaremos la siembra del maíz transgénico, "aquí esa semilla no es bienvenida; sí, a la producción de biocombustible la van a presentar como una alternativa atractiva, pero no dirán que eso significará dependencia, monocultivo, riesgo de contaminación de los maíces criollos. Por eso proponemos que primero revisemos cómo estamos en la producción de alimentos y discutamos profundamente la conveniencia de que el país se meta en ese modelo de productor de materia prima para plantas de biocombustibles.
"No prestar atención a esto generará graves conflictos sociales y mayor dependencia alimentaria con las grandes corporaciones, que paulatinamente se convertirán en las arrendadoras de la tierra para los monocultivos", explicó.
En México, después de una década de estancamiento en la producción de maíz 1980 a 1990 y entre los vaivenes de la política agropecuaria, los campesinos aumentaron su productividad y el año pasado, según datos de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación, se cosecharon 22.1 millones de toneladas del grano, el doble que en 1989. Sin embargo, desde 1998, las importaciones continuaron con tendencia creciente y sumaron 10.7 millones de toneladas, incluyendo el maíz quebrado.
"Esas importaciones que limitan la soberanía alimentaria del país pueden eliminarse si el gobierno decide dar un golpe de timón en la política agropecuaria, erradica todos los vicios y con imaginación y estrategia política actúa junto con los pequeños y medianos productores", afirmó Gerardo Sánchez, coordinador del Congreso Agrario Permanente.
La experiencia argentina
Similar objetivo se habían planteado los pequeños y medianos agricultores de Argentina, quienes sin el andamiaje institucional había desaparecido en 1991 y luego con la autorización del cultivo de la semilla transgénica de soya en 1996, se endeudaron para entrar al modelo, explicó Norma Giarracca, coordinadora del área de Estudios Rurales en el Instituto Gino Germain de la Universidad de Buenos Aires.
A finales de la década de los 90 había 13 millones de hectáreas en peligro por las deudas de sus propietarios; el modelo había convertido la región pampera en sembradíos de soya, se "barre" con montes y yungas, las tierras campesinas cuya propiedad es por periodos de 20 años y las recuperadas por los indígenas son vendidas a los nuevos inversionistas procedentes de Buenos Aires y Córdoba.
"El nuevo oro verde ocupa tierras en todo el país, antes dedicadas a los alimentos; desaparecen productores de leche, cultivos industriales, ganadería y 25 por ciento de las unidades medias de explotación (menores de 200 hectáreas); el modelo dejó mayores niveles de pobreza, indigencia y hambre, mientras Monsanto teje una política de acercamiento con la sociedad mediante el financiamiento de investigaciones en las facultades de agronomía, y el sistema científico salvo excepciones tiene una mirada complaciente y poco crítica", abundó la socióloga rural.
Argentina dejó de ser el granero del mundo al convertirse en megaproductor de soya con la mirada complaciente del gobierno, pues el producto es uno de los principales aportadores de ingresos fiscales; el año pasado el valor de las exportaciones fue de 10 mil millones de dólares.
La explotación industrial de la soya transgénica que habría de impulsar al primer mundo a los productores argentinos sólo ha dejado la pérdida de la soberanía alimentaria, ya que los pequeños y medianos agricultores que ocupaban 45 por ciento de la superficie y generaban 47 por ciento de los alimentos fueron eliminados, el deterioro ambiental por el uso indiscriminado de glifosato aumenta, al igual que la dependencia hacia las grandes empresas como Monsanto y Novartis, expone Miguel Teubal en su libro La expansión del modelo sojero en la Argentina. De la producción de alimentos a los commodities.
Y ante el giro de utilizar más tierras para la producción de transgénicos con miras a elevar la producción de bioenergéticos, Vía Campesina y diversas organizaciones sociales lanzaron un llamado mundial de alerta para detener el avance de Monsanto, Syngenta, Bayer, Dupont, Archer Daniels Midland Company, entre otras empresas, que no sólo realizan millonarias inversiones para generar y patentar semillas transgénicas y convencer a los gobiernos de los países en desarrollo de los "beneficios" de los biocombustibles, sino empiezan a firmar convenios con empresas automovilísticas para difundir el uso de estos energéticos.
Mayo de 2008