El 60% de la población mundial se dedica a la agricultura o la pesca y vive en zonas rurales.
Pero el porcentaje aumenta considerablemente si nos referimos sólo a los llamados países
del sur o en vías de desarrollo. En este inmenso sector social hallamos los índices más elevados
de pobreza. Asimismo, las zonas marginales de urbes como Ciudad de México, El Cairo
o Bombay (el otro espacio en el que se concentra la miseria) se han formado con emigrantes
de origen rural que se vieron forzados a abandonar sus lugares de origen para
sobrevivir.
En efecto, a lo largo de las últimas seis o siete décadas el mundo rural se ha convertido en una fuente de recursos humanos (mano de obra), naturales (agua, tierra) y capital a favor de los sectores económicos secundario (industria) y terciario (servicios), mucho más urbanos.
Salvo excepciones, cuando las políticas económicas se han dirigido al campo, lo han hecho para favorecer modelos de desarrollo agroindustriales y no al pequeño campesino. Sin embargo, desde la década de los ochenta, las organizaciones no gubernamentales, la literatura científica-sociológica y los movimientos sociales han ido reivindicando cada vez más la importancia de ese maltratado campesinado. ¿Por qué, si sólo unos años antes, frente al desarrollo de una agroindustria supuestamente capaz de producir ingentes cantidades de alimentos baratos, todo indicaba que debía desaparecer?
La respuesta la encontramos en los roles de la economía campesina, que habían sido subestimados.
Uno de ellos consiste en producir alimentos de mejor calidad y de forma más equilibrada
con el ecosistema. La agroindustria constituye una de las principales causas del deterioro
ambiental en el planeta; sirva como ejemplo el caso de Nicaragua, donde sus
mejores tierras y más productivas, capaces de alimentar a toda Centroamérica, se convirtieron
en un desierto tras tres décadas de producción intensiva de algodón. El uso de pesticidas
como el DDT o el nemagón ha provocado centenares de miles de muertos en todo el
mundo, pandemias de malformaciones y enfermedades incurables.
Otro papel que se atribuye a las economías campesinas tiene que ver con la conservación del territorio. Por ejemplo, Europa presenta unos índices de población campesina y rural muy bajos, por lo que debe mantener enormes ejércitos de bien equipados guardas y bomberos forestales para combatir el fuego. Y como podemos comprobar todos los veranos, en el caso de los países más meridionales siempre resultan insuficientes. Antaño, en cambio, el campesinado hacía un uso sostenible de los bosques que permitía su mantenimiento y reducía los riesgos de incendio.
Un tercer rol se basa en la creación de puestos de trabajo. Una economía campesina saludable reduce los procesos migratorios y la consiguiente presión sobre los servicios urbanos.
Y existen otros, como el de mantenedor de rasgos culturales específicos o de la biodiversidad genética de especies vegetales y animales.
Por tanto, los sistemas campesinos aparecen como un factor esencial para el desarrollo sostenible y la lucha contra la pobreza que tenemos que defender y respaldar.
Pero en todo esto, ¿qué papel juega el turismo?
En muchas ocasiones, el turismo ha supuesto uno de los principales causantes de los problemas
que padece el mundo rural, debido a sus requerimientos de grandes cantidades de
agua y tierra, la generación de procesos inflacionarios o la demanda puntual de mano de
obra. Pensemos en el estado mexicano de Quintana Roo (donde se hallan los afamados centros
turísticos de Cancún y Cozumel), caracterizado tanto por sus lujosos hoteles como por
sus recursos hídricos sobreexplotados y sus míseras colonias urbano-marginales constituidas
por emigrantes de origen campesino.
Sin embargo, el turismo también puede representar una buena herramienta a favor de las
economías campesinas. Numerosas experiencias nos demuestran que es posible apostar por
un sector gestionado por unidades familiares campesinas, cooperativas agropecuarias y pueblos
indígenas que integren esta nueva actividad en las tradicionales de forma sostenible y
coherente. Uno de estos modelos turísticos lo constituye el turismo rural comunitario.
«El turismo rural comunitario es un turismo de pequeño formato, establecido en zonas rurales y en el que la población local, a través de sus estructuras organizativas, ejerce un papel significativo en su control y gestión. Esta definición es muy laxa, pero permite englobar toda la variabilidad de experiencias que se puede dar o estar dando. Y es que no hay un modelo de turismo comunitario aplicable universalmente. El modelo turístico siempre tendrá que adaptarse a las características del contexto y de la población local, por lo que una experiencia sostenible y exitosa en un determinado contexto puede ser tomado como referente, pero nunca como ejemplo a replicar. Igualmente, el turismo comunitario es destacable porque se dirige a los sectores más desfavorecidos de la sociedad, tiene voluntad de distribución equitativa de los beneficios y establece sinergias con otras políticas de desarrollo: económicas en el ámbito agropecuario, de patrimonio cultural, medioambientales, etc.» (Gascón & Cañada, 1995:108)
El turismo rural comunitario puede ayudar a fortalecer la economía campesina desde dos puntos de vista: por un lado, aumentando los ingresos campesinos; y por otro, diversificando las fuentes de ingresos (que es una estrategia de consolidación económica).
En América Latina, este modelo turístico se está desarrollando con rapidez. Pocos son los países que no cuentan ya con redes de turismo rural comunitario de ámbito nacional o regional, más o menos consolidadas, que intentan proporcionar servicios y facilitar la promoción y comercialización de ofertas de sus organizaciones socias, llegando incluso a actuar como grupo de presión ante las instituciones públicas.
Y en este contexto encontramos REDTURS (Red de Turismo Comunitario de América Latina), un programa de la Organizacion Internacional del Trabajo, agencia de las Naciones Unidas, que tiene como finalidad promover propuestas turísticas que beneficien a las comunidades indígenas y campesinas de ese continente. En palabras de su coordinador, el objetivo consiste en «dar a conocer las características, potencialidades y logros del turismo comunitario, así como tomar conciencia de sus debilidades y las amenazas que lo asedian constantemente» (Maldonado, 2004).
Entre otras acciones, REDTURS busca líneas de comercialización para este tipo de turismo, intenta cubrir las necesidades formativas de la población campesina que se dedica al sector y trata de fomentar las redes nacionales de turismo rural comunitario.
(Artículo publicado en Tudurí, Carles & Turismo Justo Turismo Responsable: 30 propuestas de viaje Barcelona: Alhena Media; pp 15-16).
Junio de 2007